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Expediente Ñ Una retirada a tiempo

ROSA BELMONTEDice Ray Loriga que muchos se matan por publicar y que a otros ya les publican cualquier cosa («nos publican cualquier cosa»). El escritor cuyo pelo parece atusado con un peine hecho de

ROSA BELMONTE

Dice Ray Loriga que muchos se matan por publicar y que a otros ya les publican cualquier cosa («nos publican cualquier cosa»). El escritor cuyo pelo parece atusado con un peine hecho de patatas fritas tiene toda la razón. Pero esos otros tienen que ser alguien. Y no necesariamente en el mundo de la literatura. Cada vez envidio más a Mina. A la grandísima Mina Manzini, la tigresa de Cremona (me gustan los tópicos, qué le voy a hacer). Como cantante me fascina; dando consejos a desconocidos es mi ídolo. Tiene la señora un consultorio semanal en el «Vanity Fair» italiano (esa publicación que calcula el tiempo de lectura de los artículos). Su página, localizada por el final de la revista, se llama «Vanity c´_ Mina per voi» (La più inafferrabile delle star responde alle vostre domande). Una carta de cuarenta y seis líneas se la ventila ella con una respuesta de cuatro. Tonterías, las mínimas. Perder el tiempo, nunca. Es como Indiana Jones pegando un tiro al tonto del látigo. Si no se tratara de Mina la habrían echado a patadas. Claro, que si no se tratara de Mina tampoco la habrían fichado. La Elena Francis de Cremona (tópico con variantes) se ha consagrado a la brevedad, aunque también es cierto que en sus artículos sabatinos de «La Stampa» (lo toca todo la tía) escribe lo que viene siendo una columna de tamaño homologado. Pero el consultorio es otra cosa. Si lo mejor que la naturaleza ha dado a un hombre es la brevedad de su vida (Plinio el Viejo), la brevedad por escrito todavía es mejor. No es necesario llegar al haiku o a al caligrama, pero por ahí anda la perfección.

Mantiene Mina por escrito el mismo misterio gretagarbiano que gasta desde su emancipación de la industria discográfica. Si la operaran de un pólipo, como a la Pantoja, seguramente no nos enteraríamos. Si a la Pantoja le quitan un callo tendremos el parte, y desde diferentes puntos de vista, como si se tratara del «Rashomon» de Kurosawa, dependiendo del pantojólogo que nos lo cuente. Retirada de los escenarios (aunque no de los discos, que ha seguido sacando periódicamente), Mina es, aun no siendo novelista (escritora, sí), una especie de Salinger. La gente le suelta unos rollos que para qué en sus cartas. Y ella contesta con cinco letras si le da por ahí («Perché? Qui era Santa Lucia?» es lo que suelta tras una carta larguísima). Son las mejores respuestas. Y porque no puede contestar con un sí, un no o un no sabe/no contesta. Para eso es Mina. La misma que en una portada de disco (en «Nostalgias») tiene las narices de aparecer con una mata de habas colgándole por la cabeza, como quien se pone un sombrero de Philip Tracey. Se quedó Italo Calvino sin escribir ese elogio de la brevedad que anunció en «Por qué leer los clásicos». Lástima, porque nunca está de más que alguien como él reflexione sobre la importancia de la brevedad (si la elogiamos otros pensarán, y con razón, que lo que nos pasa es que somos unos gandules). Hay que elogiar la brevedad, el misterio y la retirada de los artistas porque los hace grandes. ¿A qué vendrán ahora las Spice Girls a reunirse? ¿Dónde estaba la demanda social que ha dado lugar a tal disparate? Huy, pero nos tenemos que mostrar contentos porque han incluido Madrid en su gira mundial y no como la oficial de la Legión de Honor Barbra Streisand (todo el mundo es más alto que Sarkozy).

Que últimamente el personal más in y snob anduviera reivindicando a las Spice Girls no quiere decir nada. Se las reivindicaba porque no se las tenía dando la vara al público. Bueno, se las tenía por separado y de civil con sus embarazos, sus gorduras, sus delgadeces y sus idioteces victorianas. Y ahora vienen a estropear ese divertido ejercicio de nostalgia dando la cara en los escenarios (cielos, tampoco olvidemos la reunión de los Take That). Yo es que no veo a estas señoras poniéndose a cantar otra vez el «Wannabe» sin que me dé vergüenza ajena. Como si Enrique del Pozo se pusiera a cantar lo de la gallina Cocoguagua. Qué digo yo, ¿no podría una de las chicas picantes haber consultado al oráculo Mina la conveniencia de su vuelta? Me imagino la respuesta: «¿Quiénes son las Spice Girls?». n

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