Los trenes del Mediterráneo aterrizan ahora en la estación de Chamartín, y en Madrid está cayendo el mar. El alcalde Martínez-Almeida avisa a los ciudadanos de los peligros de pasear por las orillas del Manzanares, entre Mingorrubio y el Puente de los Franceses. Baja desbocado el río que no es río. Rafael Alberti lo compadecía, añorante del mar, marinero en tierra: ¡Pobrecito río, / donde solamente botan / sus barquitas los chiquillos!. El casticismo se mofaba en el Siglo de Oro de su triste caudal: Rico en plantas de pies, pero de agua menguado y pobre.
Y a la cita de la coña no faltaba Luis de Góngora frente al puente de Segovia: Duélete de esta puente, Manzanares; / mira que dice por ahí la gente / que no eres río para media fuente, / y que ella es puente para treinta mares». Francisco de Quevedo levantaba los versos más famosos del manzanarismo: Manzanares, Manzanares, / arroyo aprendiz de río, / practicante de Jarama, / buena pesca de maridos. La riña entre Góngora y Quevedo ya es sabida: Érase un hombre a una nariz pegado, érase una nariz superlativa, érase una nariz sayón y escriba, érase un peje espada muy barbado.
El Manzanares a los madrileños del Real Madrid nos provoca alergias como la primavera y recuerdos grises del demolido Vicente Calderón, el estadio de fútbol más frío y triste del mundo. Frente a los cementerios de San Justo y San Isidro, aquellas esquinas abiertas traían más gripes que títulos. Las copas más abundantes eran las de los cipreses, y ya allí no hay nada, edificios de vivienda nueva o proyectos que asoman al paseo de Madrid Río.
Rafita Marichalar solía asombrarse con frecuencia del paso de la M-30, antes de soterrarse, por debajo de las gradas. De cómo se podía haber autorizado una barbaridad así. Y presagiaba desgracias con los camiones cisterna que lo atravesaban. Marichalar acabó bordando negritas en el palco presidencial del Bernabéu en un género de crónica social que murió con él. No recuerdo si también las escribía en el campo del Atleti. Ese final de viejo lobo del periodismo fue la prórroga de una formidable carrera de periodista deportivo. TVE y ABC fueron sus casas. Le gustaba la imbatible ensaladilla de la barra de Rafa y la mesa de Lucio. No sabía nada, el bribón.
Del Manzanares, estadio y río, o viceversa, no escribió tanto como del Chamartín, el estadio de Madrí. RM siempre habitó en el lado correcto de la historia. Al Manzanares lo definió Antonio Flores, poeta del XIX: «Que soy arroyo insolente, que a mi se me pone turbio». Lo decía del río, pero hubiera valido para el estadio.