- La opción de la huelga "Un calendario saturado también perjudica a los modestos"
- Una plaga de lesiones Tres o cuatro días "como mínimo" entre partidos
El Real Madrid ya lleva disputados, entre la Liga Endesa, la Euroliga y la Supercopa, 41 partidos oficiales esta temporada. Podría acabar jugando 90. Del equipo de fútbol, del fútbol en general, huelga hablar. Todos conocemos sus calendarios y apreturas, que, incluso, producen episodios de ciencia-ficción. Cuando el Madrid se desplazó de Cartagena a Yeda, de la copita murciana a la Supercopa saudí, de la modestia huertana a la opulencia petrolera, hizo más que un viaje entre planetas dispares: cruzó a otra dimensión a través de un agujero blanco.
Pero el cansancio y el riesgo van incluidos en el dineral que perciben los pocos profesionales, porcentualmente hablando -y sólo los habituales en las alineaciones-, sujetos a tanto trajín y desgaste. También sus clubes, igual de beneficiarios. No pueden ambos pretender ganar lo mismo volando a media altura. Erling Haaland, recién renovado por el City, va a ingresar, en números redondos, 31 millones al año durante los próximos nueve. O sea, 600.000 a la semana, 3.571 a la hora. Quejicas por norma, los ricos basan sus lamentos en un victimismo irreal.
Hace unas pocas fechas, luego de que se resolviera el Mundial de Ajedrez, se jugaron, ordeñando las piezas, el de Partidas Rápidas y el de Partidas Relámpago. Del tablero al cuadrilátero, en la misma figura geométrica, el boxeo acabó el año con 20 campeones mundiales estadounidenses, 12 japoneses, ocho mexicanos, etc. Se juntan tantas categorías, separadas poco menos que por gramos, y tantas organizaciones planetarias con licencia para coronar, cuatro, que luce un campeón mundial en cada barrio.
Existen demasiados deportes, algunos son sólo juegos y otros están injustificados por circenses o pueriles. También demasiadas competiciones demasiado próximas entre sí. Amén de excesivo, el deporte es impaciente. Si bien no impide que "carrozas" como Sergio Llull o Luka Modric prolonguen "indefinidamente" sus carreras, se llena de párvulos tipo Lamine Yamal. Peca de gula y avaricia, dos manifestaciones de la prisa.
El deporte al completo tiene prisa. El mundo entero tiene prisa, precipita los plazos y acorta o suprime las pausas. La vida, en esta vertiginosa era tecnológica, emprende a diario una desenfrenada carrera contra sí misma que no puede detener ni ganar. La juventud se ha vuelto un concepto relativo. Antes de agotarse se pierde, devorada por la velocidad y las urgencias. En la premura, todo envejece apenas nacido.
Del deporte más sedentario al más sudoroso, aunque también se practique sedente. Del ajedrez, con dos campeones mundiales de 18 años, al ciclismo, invadido de juventud presurosa, con Tadej Pogacar, ya casi un curtido veterano, al frente de la camada. En esta temporada que se abrirá el martes con el australiano Down Under, hay en el World Tour una docena de ciclistas Sub-20. Aún con manchas de biberón en el babero, pasan de la cuna a la ruta. ¿Cuánto durarán?
El tiempo dirá. Ya bien entrado el siglo XXI, el deporte y la sociedad se hallan en continua y acelerada fase experimental. El planeta es un laboratorio esférico, atestado de criaturas, deportistas o no, sometidas a pruebas y análisis. Patéticas cobayas de dos patas.