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El 'crecimiento' hacia el abismo

Molinos de un parque eólico en construcción.

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No hemos entendido nada. O no han entendido nada. No hay margen de error porque ya nos hemos equivocado en casi todo pero, cual orquesta del Titanic, seguimos programando macrofestivales musicales mientras el planeta, la comunidad y el pueblo se hunden con todo lo que contienen: humanos, belleza artística, animales no humanos, ultraderechistas, negacionistas, flora, textos únicos, libros prescindibles, amor, dolor, teléfonos móviles y escombros.

Parece que hay quiénes celebran la instalación de un mega centro de datos; los hay que ven brotes verdes en los terribles molinos que generan energía para empujarnos al barranco; los amantes del libre mercado aplauden las megainversiones de las instituciones públicas para estimular sus negocios; hay quiénes envidian al alcalde de Vigo por invertir en bombillas e, incluso, hay humanos que aplauden a rabiar el 'Trump Gaza' o piden por favor que se invierta en Defensa lo que somos incapaces de gastar en decrecimiento.

No hemos entendido nada. Deberíamos aplaudir —y votar— a quien se atreva plantear un frenazo en el 'crecimiento', un replanteamiento de todo lo que creíamos tener claro, una reflexión profunda sobre los límites de la producción y, ante todo, un cambio radical en los modos —y los montos— de consumo. Pero, claro, en el fondo, ninguno queremos eso, ninguno aplaudiríamos a un político sensato. Preferimos un líder al estilo Francesco Schettino, capaz de hundir un Costa Esmeralda —o un país, o una comunidad autónoma— con una maniobra suicida de difícil explicación. Lo que no recordamos es que Schettino fue el primero en saltar del barco cuando sus pasajeros agonizaban.

No hemos entendido nada. Deberíamos aplaudir —y votar— a quien se atreva plantear un frenazo en el 'crecimiento', un replanteamiento de todo lo que creíamos tener claro, una reflexión profunda sobre los límites de la producción y, ante todo, un cambio radical en los modos —y los montos— de consumo

Dicho esto… repito: no tenemos margen. Así que será a nosotras, a las ciudadanas y ciudadanos, a quienes nos toque tomar medidas. Pero no solas. Reciclar la lata de cerveza o consumir energía solar ya suena a un mal chiste. Es tarde para medidas que tranquilicen la moral y no cambien el estado de cosas. O nos organizamos o nos vamos a pique, o cambiamos el modelo extractivista, consumista y depredador o las próximas generaciones harán vudú con nuestras fotografías —eso si hay próximas generaciones o si hay fotografías—. Los negacionistas no leerán esta columna pero, en caso de hacerlo, pensarán que soy el típico catastrofista, mesías de un apocalipsis que no llegará. Siento informales de que apenas soy un ser realista, que contempla atónito nuestra inacción antes estos coletazos violentos y angurrientos de un capitalismo que tiene que ser así de agresivo para lograr beneficios.

Llegará el verano y celebraremos… llegarán los empleos para construir el centro de datos y mejorarán las estadísticas al mismo ritmo que nos comemos el pan de hoy y nos preparamos para el hambre de mañana. El 'crecimiento' nos lleva al abismo, la falta de imaginación hace que las propuestas de los políticos sean las mismas que hace 50 años cuando nada, nada, es igual.

Necesitamos ciudadanía organizada y política de verdad. Necesitamos un cambio tan radical como ilusionante. Vivir sin tanto en este lado del planeta se hace inimaginable ahora, pero es el único camino si queremos seguir teniendo el lujo de soñar futuros.

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