Van Gogh retrató obsesivamente al cartero Roulin y su familia durante su estancia en el sur de Francia: ¿por qué?

Nunca se supo quién decidió colgarlo allí, pero el cuadro lleva décadas en una pared de Boston, como si nunca hubiera tenido otro destino. Un hombre barbudo, con mirada serena y uniforme azul, observa en silencio desde el lienzo a cada visitante que cruza la sala.
No se trata de un rey, ni de un noble, ni de un revolucionario. Es un cartero. Y, sin embargo, ese rostro pintado en 1888 terminó por convertirse en una pieza central en la historia del arte moderno. Algo que empezó como una sesión informal en un pueblo del sur de Francia, acabó instalado en uno de los museos más prestigiosos del mundo.
Joseph Roulin, el amigo que Van Gogh necesitaba en Arles
Antes de que todo eso ocurriera, había sido simplemente Joseph Roulin, trabajador del servicio postal y republicano convencido. No tenía fama, ni dinero, ni aspiraciones artísticas. Solo repartía cartas. Aunque a ojos de Vincent van Gogh era mucho más.
En una mensaje enviado a su hermano Theo, el pintor lo describió como “un alma tan buena y tan sensata y tan llena de sentimientos y confiada… Se le ve en la cara que era un buen tipo”. La cita, recogida por el Van Gogh Museum, resume bien la devoción que sentía por él.
El primer retrato lo pintó poco después de llegar a Arles, cuando buscaba nuevos modelos y nuevas amistades en un entorno donde nadie lo entendía demasiado. Roulin, que ya tenía 47 años y una barba que parecía haber sido diseñada para ser pintada al óleo, no tardó en aceptar posar.

Pronto se convirtió en figura recurrente, y no solo él: también su mujer, Augustine, y sus hijos Armand, Camille y Marcelle fueron retratados por Van Gogh en un total de 26 obras. El pintor encontró en aquella familia algo parecido a un refugio, justo cuando su salud mental empezaba a deteriorarse.
Los momentos más duros los vivieron juntos. Tras el episodio en el que Van Gogh se automutiló la oreja, Roulin fue quien lo llevó al hospital y gestionó sus menesteres. En una carta posterior, Van Gogh escribió: “Después del incidente de mi enfermedad, fue Roulin quien me llevó a casa y luego me acompañó al hospital. Se encargó de mis asuntos mientras me recuperaba. Nunca estuvimos tan cerca como en esos días”. La relación entre ambos ya no era solo la de un pintor y su modelo, sino la de dos hombres que se acompañaban en medio del desconcierto.
Entre julio de 1888 y abril de 1889, Van Gogh pintó seis veces al cartero. Lo retrató siempre con su uniforme, en composiciones de pinceladas enérgicas y colores contrastados. La pieza que hoy cuelga en Boston es la primera de todas, un óleo de 81,3 por 65,4 centímetros que marca el inicio de esa serie.
Un reencuentro en forma de exposición
Desde entonces, los retratos se dispersaron por colecciones de París, Nueva York, Essen, Ámsterdam y otras ciudades. Por primera vez, en 2025, una veintena de ellos volverán a coincidir en una exposición conjunta entre el Museum of Fine Arts de Boston y el Museo Van Gogh de Ámsterdam.

La muestra incluirá también fotografías familiares y cartas originales, como una en la que Van Gogh describía a Roulin como un hombre que “razona muy bien y sabe muchas cosas”. En otra, mencionaba que su esposa acababa de dar a luz el día que comenzó a trabajar en su retrato. Esa niña era Marcelle, la más pequeña de los Roulin, que también aparece en un óleo delicado de 1888, aún conservado en Ámsterdam. Décadas después, en una imagen tomada en 1955, ya con 67 años, aún se reconocía en ella la misma expresión.
Esa conexión entre el arte y la vida, entre el color de la pintura y las arrugas del tiempo, es lo que hace de esta serie algo tan especial. No fueron retratos por encargo ni estudios académicos. Fueron un gesto de afecto, una forma de fijar un vínculo real. Y eso, más allá de los museos y los expertos, es lo que hace que todavía hoy, más de un siglo después, un cartero de Arles siga colgado con dignidad en una pared de Boston.
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