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Evolución permanente o tristeza

27 de enero de 2025 10:27 h

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Las ciudades deben respirar en un estado de evolución permanente. En el siglo XXI nadie puede negar que son las ciudades las que compiten entre sí, más aún que los países. No es una metáfora sino una realidad palpable. Las ciudades -especialmente las limítrofes- compiten por atraer talento, inversiones, turismo, por generar riqueza y empleo; por ofrecer la mejor calidad de vida, por el bienestar social y la más amplia oferta cultural. 

Las ciudades como los organismos vivos que son -respiran- necesitan evolucionar permanentemente para ser relevantes. De lo contrario corren el riesgo de quedar relegadas a la obsolescencia. Una ciudad que sólo piensa en el presente corre el riesgo de perder población activa y, poco a poco, verá como su tejido empresarial se debilita. Contemplará como queda rezagada frente a otras. 

La evolución permanente no tiene que ver con el desarrollo físico de la ciudad -al menos, no tan sólo-, sino con su planificación estratégica a futuro -también presente-, pero esencialmente a un futuro relativamente próximo. Algo así como si los responsables políticos escribieran una distopía municipal cercana. Me refiero a planificar las infraestructuras, las redes de transporte, de suministro de agua en función de la población, de consumo energético, sociales, de vivienda protegida. Las ciudades que prosperan, que resultan atractivas para la inversión, para vivir, social, económica y culturalmente, son aquellas que se atreven a pensar más allá de lo inmediato. Lamentablemente, inmediato es sinónimo de política hoy en día. 

No hace tanto tiempo -algo menos de dos décadas-, Logroño abrazó la modernidad desde una planificación global. El transporte público urbano creció en líneas y en usuarios, las zonas verdes y parques crecieron exponencialmente -entonces lideramos junto a Vitoria el metros cuadrado por habitante-, las nuevas zonas residenciales cambiaron la fisionomía respecto a la ciudad consolidada ampliando aceras y distancia entre edificios, existía un Plan Municipal de Vivienda, se construyeron centros de salud, colegios, aparcamientos subterráneos y centros deportivos -una piscina a 15 minutos de cada barrio- y, entre otros aspectos, se planificó el polígono de Las Cañas, se actuó en la Circunvalación y se creó la Casa de las Ciencias, e incluso se actuó en el Casco Antiguo. Planificar la ciudad presente y a un futuro cercano es posible. 

Lo sé, hacen falta recursos para desarrollar esa planificación y no todos los tiempos son iguales. Pero también es preciso una visión compartida. No basta con estar de acuerdo en traer a la ciudad grandes eventos. Eso sucederá por sí sólo si la ciudad es atractiva en todos los demás aspectos. Nadie quiere exhibirse en una ciudad triste. 

El ejemplo del polígono de Las Cañas es paradigmático. Planificado hace casi dos décadas atrás, finalizada su urbanización allá por los primeros años de la década pasada, ha permanecido en estado de total abandono cerca de diez años. Mientras, la vecina comunidad de Aragón ha cerrado 2024 registrando una inversión de empresas tecnológicas de 40.000 millones de euros. Evolución permanente. Envidia. 

Ahora se ha retomado la recuperación de Las Cañas -una muy buena noticia-, pero es preciso que al mismo tiempo se establezca una estrategia de captación y atracción de empresa, definiendo que tipo de firmas queremos para nuestra ciudad. Aragón ha 

demostrado que determinar el tipo de industria genera sinergias y ejerce de imán. Debemos encontrar ese nicho innovador, ese espacio de singularidad, que nos permita ser relevantes. Logroño presume de su comercio de ciudad -algo merecido-, pero la pandemia demostró que es un riesgo apostar por un único sector productivo. 

La evolución permanente es un acto de valentía -carece de visión electoral- requiere tomar decisiones audaces, a veces impopulares, para garantizar que las ciudades no solo sobrevivan, sino que progresen. 

No precisamos del rascacielos más alto ni del transporte urbano más veloz, sino permanecer en constante movimiento. Las ciudades están vivas y sino avanzan, retroceden; sino evolucionan, entristecen. 

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