La boca llena de flores. A Vega Brito Abrante
Hace tiempo, una niña muy pequeña dijo algo extraño que luego hemos recordado todos los que aquel día íbamos con ella. Se llamaba y se llama Vega y entonces tenía muy pocos años. Una tarde, caminando por un callejón que comunica dos barrios de Santa Cruz de La Palma: La Dehesa y El Planto, la niña, que iba cogida de mi mano, comentó de pronto: “vamos a ver a la abuela antes de que se le llene la boca de flores”. Nos quedamos mudos ante la frase. La madre y yo nos miramos y yo dije algo así como “¡qué extraño el comentario en la boca de una niña tan pequeña!”. Apretamos el paso y seguimos andando hasta llegar a la casa de la abuela. Entramos a verla. Le dimos un montón de besos y nos fuimos. A los dos días, murió. La noticia nos produjo escalofríos y recordamos las palabras de Vega, su intuición y su clarividencia, pero, sobre todo, las hermosas palabras que daban fundamento a la predicción.
Al recordar esas misteriosas e inquietantes palabras, me he vuelto hacia la oscuridad de estos días en que oímos palabras y discursos que nos amenazan con guerras y exterminios y he pensado en nosotras, las mujeres, que hemos vivido épocas parecidas y que hoy, con la vejez a cuestas como árboles en mitad de un bosque cada vez más sombrío, decidimos por nuestra cuenta no morirnos nunca, y nos empecinamos en enseñar a los más jóvenes lo terribles que son las guerras y las catástrofes provocadas por la mano del hombre. Nos espera la muerte y lo sabemos, pero queremos dejar algo para que nos recuerden vivas siempre y se nos llene la boca de flores cuando nos llegue la hora; no queremos coronas de muerte sobre una tumba cualquiera en tierra de nadie; no queremos que nos despojen del derecho a morir cómo y cuándo queramos; no queremos ser carne de cañones. Deseamos únicamente que nos llenen la boca de flores antes de que nos cubra la tierra que hemos sembrado con tanto esfuerzo.
Soy consciente de la edad que tenemos muchas de nosotras. Nosotras… Sí. Las que cultivamos y regamos enormes caminos de vida y de esperanza; las que luchamos por dejar a los hijos un mundo más libre y más generoso; las que fuimos en busca de la paz y la concordia sin escatimar trabajos, horas de sueño, frustraciones y demás tristezas. Nosotras, las que fuimos guerreras dispuestas a enfrentarnos con enemigos de índole diversa y, a pesar de ello, conseguimos aplastarlos sin necesidad de derramar una gota de sangre, solamente la nuestra desparramada por lugares que habían sido impracticables hasta que decidimos empezar a transitar por ellos. Nosotras, a las que de un tiempo a esta parte nos suenan los huesos a leña partida cada vez que giramos la cabeza hacia ninguna parte y pensamos que más que cervicales tenemos un montón de árboles secos en el interior. Nosotras, que fuimos un jardín primero y luego un bosque espléndido lleno de vida con niños jugando en su interior y ahora notamos ese crujir de huesos derrotados por el único enemigo que no pudimos vencer: la edad y el paso de la vida con todas sus consecuencias.
Me gusta pensarlo. Me gusta sabernos así y asumir que no nos interesan los partes de guerra, los discursos agresivos ni los detalles médicos y, de la misma manera que no queremos oír hablar de fusiles al hombro y bombas de último diseño, no queremos palabras que suenen a enfermedades, medicamentos con nombres impronunciables, los sermones de autoayuda, los dibujos de gimnastas dándonos consejos, las imágenes de espléndidas muchachas enseñándonos a doblar las piernas y estirarnos el rostro con cremas y milagros en anuncios escandalosos en plena calle donde se lee “Llena de problemas pero con cero arrugas gracias al Bot*X” (textualmente). ¡No, por Dios! Ridiculeces, no. Sólo queremos que nos acojan dulcemente en nuestro entorno y nos den alivio con un beso volado al pasar por delante de una tienda de frutas, o un adiós inesperado del mecánico que nos arregló el parabrisas y, lo más delicioso, el comentario divertido y cariñoso del muchacho que hace tatuajes en el barrio y que te pregunta cuándo vas a ir a grabarte una mariposa en el culo y luego se ríe con la ternura de quien respeta la vejez como si fuera un honor y no un castigo de la naturaleza.
Esa es la verdad. Queremos ir apagándonos dulcemente, sonriendo frente a las travesuras de los nietos más pequeños, ver crecer a los más jóvenes y darnos cuenta de que no lo hicimos del todo mal. Y luego, una mañana, al pasar por la puerta de casa una muchacha llamada Vega diga en alto las palabras mágicas: “Vamos a verla antes de que se le llene la boca de flores”.
Elsa López
2 de abril de 2025
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